Después de llegar a Santiago de Compostela, los peregrinos medievales continuaban su camino hacia la costa para alcanzar el final del mundo conocido, el cabo de Finisterre. Allí se sentaban a ver atardecer. El sol se ponía, se diluía en el agua y ellos en él. Por un momento deseaban ser peces para sumergirse en el océano y seguir en la noche viajando hacia el sol. Pero ya no podían continuar. Y llegar al fin del mundo y que el corazón te rebose, y sentir que eres uno con el sol que se pone, y que el corazón desee algo más grande de lo que ves. Y estar a punto de lanzarte al vacío, acantilado abajo, para ver si te salen alas.
Y que vengan los peces para ayudarte a volar.
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